“En el principio creó Dios Los cielos y la tierra”(Gén. 1:1)

En los tres primeros capítulos del Génesis encontramos una breve descripción de la Creación. Como Dios Creó los cielos, el firmamento, la tierra, el sol, la luna, la hierba, los animales y el ser humano. Somos parte de un todo, formados con los mismos elementos buscando un mismo origen “Casi todos los elementos de los que tú y yo estamos hechos se crearon en el interior de las estrellas que existieron mucho antes que la tierra. ¡Podríamos decir que todos somos hijos de las estrellas!”[1]

Las estrellas han sido hechas para brillar, si nosotros somos hijos de las estrellas, también tenemos una luz dentro de nosotros que debemos hacerla brillar. ¿Cómo podemos brillar? ¿Cómo podemos sacar luz de nuestro interior? Pareciera fácil, pero muchos se pierden en el camino. La Cábala esconde estos secretos, pero nos muestra el mapa para poder encontrarlos. El que busca, los encontrará. Este mapa es el Árbol de la Vida, el cual por medio de sus 10 esferas (Sefirot) nos muestra cómo Dios creó al mundo y nuestra relación con Él.

Lo interesante de observar los acontecimientos revelados en el Génesis, es que cada creación tiene su propósito o función dentro del cosmos. ¿Cuál es la función del ser humano? En primer lugar, encontrarse con ese Creador del que nos hablan estos primeros capítulos y lograr esa conexión con Él. Y segundo, encontrar esa misión particular de cada individuo.

Todo lo que pasa en la tierra es un reflejo de arriba. Todo lo que pasa fuera es un reflejo de adentro. Así, por ejemplo, vemos la creación del ser humano: varón y hembra los creó… a Su imagen y semejanza (Gén. 1:26-27) zakar (varón) Alude al varón, viene de algo afilado, puntudo (hace referencia al miembro viril), lo externo, al que da. Pero además está asociado al verbo recordar que se escribe igual (zakar). Y nequevá (hembra) Viene del verbo naqav: perforar, designar, maldecir, lo interno, la que recibe. Pero, además, hay otra palabra que nos puede ayudar con esta definición, neqev: un límite con propósito, un entorno enmarcado. Podemos decir que es la que pone límites.

Vemos entonces como en el ser humano en adam Dios crea dos fuerzas o dos energías que más adelante las separará. Una fuerza expansiva y una restrictiva. Estas dos energías o vibraciones energéticas son las que son usadas para crear el universo y son las mismas energías que se encuentran dentro de nosotros, no importa si se trata de hombres o mujeres, están dentro. Así como en la creación estas energías confabularon la una con la otra para encontrarse y lograron un equilibrio asimétrico para poder crear, es lo mismo que debemos buscar como individuos, buscar esa armonía entre lo femenino y lo masculino, entre lo restrictivo y lo expansivo. Y luego buscar esa armonía entre hombres y mujeres, solo entonces habrá creación y no destrucción.

El Árbol de la Vida nos guía para encontrar esa misión universal y particular. Y nos hace ver como todo está conectado y todo es un fractal del Todo. Entonces, así como las estrellas están hechas para brillar, nosotros al ser hijos de las estrellas, debemos brillar. Lo hacemos cuando encontramos nuestra misión, cuando nos encontramos con el creador y cuando somos esos canales que dejamos que la luz fluya con libertad.  Para lograr extraer la mayor luz de nosotros, la mejor versión de nosotros, debemos emular a las estrellas. Cada estrella tiene su propio brillo, y eso las hace hermosas. Pero una estrella saca su mayor esplendor cuando muere y se convierte en una Supernova, su luz durará poco pero el espectáculo es fascinante y con los años dará vida a otras galaxias o planetas. Eso es lo que necesitamos nosotros, morir al yo, morir al yo quiero, morir al orgullo y buscar ese bien común que nos une al Todo para sacar el mejor brillo de nuestras vidas.

Por: Ethel Turcios 

[1] Hawking, Lucy y Stephen, La Clave Secreta del Universo, pág. 36